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Analilen, novias con sabor vintage

Salir de un desfile de Analilen obliga a hacer un ejercicio de reflexión. El asistente, si es de oído ágil, puede escuchar comentarios del tipo: “Es que los trajes son como es ella”. “Sí, es que es su personalidad”. “Pues oye, me están gustando los vestidos”. “Me esperaba otra cosa”. Es lo que tiene que tras la firma se encuentre Lourdes y Sibi Montes -fagocitada a veces por la fama rosa de su hermana-, que nos guste o no, acabamos acordándonos del “Traje del emperador”. La fábula de Andersen explicaba una situación en la que una amplia mayoría de observadores decide de común acuerdo compartir una mentira de un hecho obvio, aun cuando individualmente reconozcan lo falso de la situación. Dicho en otras palabras: el viernes se iba a ensalzar o a juzgar a Lourdes con la actitud reacia que se tiene ante aquel que parece haber irrumpido como elefante en una cacharrería esperando a que tropiece.

“Mi hermana no encontraba motivación como abogada. Intentó cambiar de despacho, pero ni por esas -cuenta Sibi Montes-. Entonces fue cuando decidió dar el salto al mundo de la moda. Francisco la animó mucho y en este camino también me metió a mí. ¡Y eso que yo sólo sabía de moda lo que había ojeado en las revistas!”. Risas a un lado, la joven explica su paso por la escuela Sevilla de Moda y que han intentado hacer una colección “inspirada en varias décadas, de los años 30 a los 60, que fueron el súmmun de la elegancia”. La siguiente pregunta del entrevistador es obligada: “Y ¿qué es para ti la elegancia?”. “Carolina de Mónaco”, responde sin dudarlo. “Ella y su madre son el buen gusto con mayúsculas”.  Ahora es cuando se entiende los guiños hacia el principado europeo con damas vestidas para una noche en el casino, flecos, brillos de bailes y el azul de la costa del mismo nombre. “Mi hermana, coincidiendo con su boda, se decantó por los trajes de novia -sigue contando Sibi-. A mí me gustan más los trajes de fiesta. Será la edad, supongo”. Lourdes, más nerviosa quizá ante la expectación creada, es parca en palabras: “Decidimos lanzar la colección ante el volumen de encargos a medida. Al principio no quisimos porque no es nuestra filosofía el hacer un montón de vestidos que luego se queden colgados en una percha de una tienda”. Sin embargo, ambas coinciden en algo: “Es muy satifactorio ver las caras de ilusión de nuestras novias. Merece la pena todo el trabajo que hay detrás”.

Siguiendo con la colección, las hermanas Montes jugaron con la sensualidad femenina gracias a las transparencias y aberturas estudiadas que enseñan sin dejar ver. Una música realmente bien escogida ambientó el pase donde los tonos empolvados fueron protagonistas y las propuestas nupciales de aires vintage se quedaron para el final. También estuvieron presentes el rojo y el negro, que tintaron vestidos cual ruletas rusas de los casinos monegascos de la tierra en la que se miran.

Resumiendo: el resultado fue el que fue. Un callabocas para algunos y un “quiero y no puedo”, para otros. Para nosotros: una colección con alta coherencia estética de dos hermanas que buscan ser respetadas en el mundo de la moda, parentescos aparte. Buenos comienzos con un largo camino por recorrer.

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